Manchas

(En)vuelta

Daba vueltas. Sentía que el viento me llevaba a su antojo. No había comienzo en aquella espiral y parecía no tener fin. Sentía un vacío en mi estómago, un vacío que me aterraba, un vacío que no lograba entender. El viento chocaba contra mi ventana y las horas, simplemente, no pasaban; daban vueltas sobre mí, en espiral dentro de mí. El sol y la luna se habían puesto de acuerdo para confundirme, ya ni siquiera podía saber dónde residían: si en mi mente o fuera de mí. No era ni de día ni de noche. Mis pies no estaban pisando la tierra, pero mi cuerpo no alcanzaba las estrellas. Era un limbo que daba vueltas sobre mí, daba vueltas dentro de mí.

De repente todo se detuvo. Las vueltas, el mareo, el vacío… todo paró. El tiempo retomó su curso y me di cuenta de que el día había llegado a su fin y le había dado paso a la noche, sin oportunidad de que la luna y el sol se encontraran. Mis pies arribaron a la tierra del pasado en la que lograba sentirme segura. Esa tierra se fue convirtiendo poco a poco en presente que pronto comenzó a caer sobre mí; el presente hizo eco en mí. Ese mismo presente hizo que mis pies comenzaran a caminar. Caminaba mientras la brisa de lo conocido chocaba contra mi rostro. Ese caminar era una mezcla entre pisar y volar, una sensación de volver al hogar que nadie podía quitarme. El vacío y las náuseas se había desvanecido. Creí que permanecería así, pero estaba equivocada.  

Las vueltas volvieron a aparecer con una suavidad arrulladora. Eran un simple murmullo que casi no se sentía. Sin embargo, ahí estaba el temblor, lo inestable. El presente se convirtió en pasado y el futuro comenzó a tentarme en los caminos de la incertidumbre. Mis pies aumentaron la velocidad. Ya no caminaban, corrían. No se sentían seguros. Las vueltas empezaron a cobrar velocidad también y ya no eran suaves ni arrulladoras, eran estridentes y perturbadoras. Demolían toda paz, arruinaban todo plan. Entre más rápido corrían mis pies, más rápido giraba el mundo a mi alrededor. Las náuseas volvían. El vacío en la boca del estómago aparecía una vez más. Quería detenerme y no podía. Mi cuerpo había dejado de responder a la razón de mi cabeza. Corría sin voluntad, sin ganas, sin poder contemplar lo que me rodeaba. El aire comenzaba a hacerle falta a mis pulmones y, de vez en cuando, mi cordura corría por delante de mí. Eran esos los momentos en los que intentaba correr más rápido para alcanzarla, pero mis pies no me lo permitían. No podía detenerme, tampoco podía correr más rápido. Era un ritmo constante aquel que llevaba, un ritmo que me enloquecía.

Sin previo aviso, el mundo se detuvo. La espiral que había estado en un pasado lejano dando vueltas sobre mí, se hizo parte de mí. El sinsentido del mundo regía mi vida. El día y la noche residían en mi alma juntos, conviviendo en una especie de armonía que solo ellos entendían. Ya no podía distinguir qué era realidad y qué imaginación; pero no me importaba, al final había podido detenerme.

Sin embargo, algo más ocurrió.

El suelo a mis pies se sacudió más fuerte que mi alma. Se estremeció de tal manera que cedió frente a mí y se partió en dos. No podía avanzar y esa idea me aterró. Había deseado detenerme, pero no había pedido no poder moverme, estar estancada. Me di la vuelta para devolverme, pero algo venía corriendo hacia mí. Lo identifiqué como mi pasado y sentí un descanso en mi alma porque pensé que venía a ayudarme. Aunque entre más cerca de mí estaba, peor me sentía. Tenía una sensación en mi estómago que no podía explicar, como si fuera a vomitar. Entonces lo entendí, justo en el momento en que caí en cuenta que mi pasado no estaba ahí para ayudarme. No se detuvo y nos impactamos. Chocó conmigo. Colisionamos y el impulso fue suficiente para lanzarme al abismo donde la tierra se había rasgado. Caí y caí hasta que tanto mi cuerpo como mi alma tocaron fondo. Me dolía la existencia, me dolía el alma y mi cuerpo. Mi cabeza zumbaba y mis pies no respondían. El mundo se quedó mudo, en pausa. Ahí me quedé, no tenía otra opción.

No sé si pasó una hora o un día. No sé si fue un mes o un año. Quizá fue un siglo o una eternidad. No lo sé. Solo sé que permanecí allí tirada en el suelo, magullada por mi pasado, paralizada por mi futuro y sin poder vivir mi presente. Fue ahí tirada, magullada, asustada que me di cuenta de que el vacío al que tanto había temido, las espirales que daban vueltas dentro de mí y las náuseas que había querido sanar estaban encerradas dentro de mis viseras, encerradas en una profundidad dentro de mí que hasta yo desconocía. Entendí que estaba en ese fondo porque me había lanzado hacia él tratando de revivir algo que ya no estaba destinado a estar vivo, un algo que estaba en el pasado. Tuve que tocar fondo para entender que mis vacíos son oportunidades y que todo el caos que vive en mi interior es materia prima para mi futuro. Al final las espirales que daban vueltas sobre mí siempre habían estado girando dentro de mí.

El problema ahora es que no sé cómo salir de allí.