Manchas

Lluvia

Ya me había acostumbrado a la casita blanca en la que llevaba viviendo casi dos años. Ya era tan familiar que, a veces, se me olvidaba que no me pertenecía y que solo era una parada en el loco viaje que es la vida. Me encontraba sentada en el piso de la terraza. Llovía como cualquier otra tarde. El sonido de las gotas chocar con el suelo me recordaba a encuentros casuales que tienes con personas a las que extrañas sin saber. Cada choque era único, pero había algo familiar en el gesto. El cielo estaba cubierto de nubes grises y no entendía cómo había personas que creían que el bien y el mal existían en extremos opuestos cuando la misma naturaleza nos decía que no todo es negro ni todo es blanco, que la lluvia venía del gris y así como inundaba también limpiaba. De pronto por eso estar sentada ahí viendo las diminutas gotas morir en el suelo para convertirse en un charco más grande, me hacía estremecer.

Una brisa fría acarició mi rostro y sentí que era objeto de una mirada. Cuando comencé a vivir en aquella casa blanca, aquel sentimiento me friqueaba, al punto que evitaba a toda costa mirar por la ventada en la noche. Con el paso del tiempo logré acostumbrarme. Vi hacia la casa del lado, también blanca, y sentí que me devolvía una sonrisa. Pudo haber sido uno de los gatos que solían janguearpor ahí. Pudo haber sido producto de mi imaginación y del fantasma del miedo que solía sentir hacia la casa vacía. Pudo haber sido una fuerza sobrenatural externa a mí que, como yo, necesitaba ese instante de lluvia, ese ser abrazada por las fuerzas de la naturaleza, sentir que pertenecía a algún sitio y que los pasos que daba por el mundo no eran en vano. Pudo haber sido cualquier cosa, ¿Cómo podría saberlo yo? Aparté la vista demasiado rápido porque ya no sentía curiosidad por la casa vacía o, al menos, ya no le temía.

A mi mente vino, entonces, el gato de mis vecinos. Ese que suele venir a visitarnos a la perra con la que vivo y a mí de vez en cuando. Aunque insolente, me agradaba y a la perra le caía bien. Les temía a las tormentas; lo descubrí un día que una loca tormenta eléctrica se desató y el animal llegó asustado. Mientras estaba sentada allí en el suelo, sintiéndome observada y mirando cómo las gotas eran cada vez más fuertes, pensé en el gato. ¿Estaría bien? ¿También estaría pensando en cómo superar su miedo a la tormenta? Podía ser que yo estuviera equivocada y que mi impresión de su miedo fuera errada. Podía ser que había encontrado refugio y se había acurrucado allí a esperar que la lluvia cesara. Podía ser que fuera su mirada la que me tomaba de objeto desde la casa blanca del lado y suya la sonrisa cómplice que acompañaba mi especie de purificación. ¿Cómo podría saberlo yo? ¿Lo sabría la perra que aparecía a mi lado para mirarme con sus ojos inocentes y pedirme que entrara a la casa? Comenzaba a sentir la lluvia sobre mí. El sonido de las gotas era ya muy fuerte para seguir escuchándome. Entré a la casa y observé la lluvia un instante. ¿Cómo podría saber yo qué se sentía ser lluvia? ¿Lo sabría la perra? ¿Lo sabría el gato? ¿Lo sabría aquella mirada extraña que todavía hoy me acompaña?

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