Manchas

5:11 pm

Miro el reloj que reposa en mi muñeca – 5:11 pm del 10 de agosto del 2020. No puedo evitar pensar en el tiempo y su paso, cómo lo pensaba antes de este año (y todo su caos), cómo lo pensaba antes de María (huracán 2017), cómo lo pensaba cuando era pequeña.

No puedo recordarlo.

Escucho el pito de la secadora anunciando el fin del ciclo de secado. Sé que no fue suficiente y necesito pararme del escritorio a adicionarle más tiempo. Pienso en hace cuánto cambié la tanda de la lavadora a la secadora para encenderla, de nuevo no puedo recordarlo. El tiempo ha pasado y siento que llevo una eternidad sentada frente a la página en blanco, tratando de hacer sentido del mundo. Solo ha pasado una hora.

No puedo creerlo.

Vuelvo a mirar el reloj – 5:15 pm. El tiempo corre lento, los números cambian con una paciencia que me desespera. ¿Qué estoy esperando? ¿qué he estado esperando todos estos meses? ¿por qué estos meses se han esfumado con una rapidez que no corresponde a la velocidad con la que cambian los números en mi reloj mientras los vigilo?

No puedo entenderlo.

El tiempo siempre se ha escapado de mi entendimiento. Mi memoria juega con los conceptos de pasado, presente y futuro a su antojo, confundiéndolos, enredándolos, dejándolos huir. Desearía comprender mejor cómo se mueve la Tierra, cómo pasan los días, cómo comprendemos al sol. No desde la explicación científica, sino desde la parte rítmica, cómo nos configuramos alrededor de esos movimientos de rotación y de traslación de nuestro planeta, cómo definimos nuestros tiempos por el sol, cómo socialmente construimos ese marco temporal que nos rige.

No sé de qué estoy hablando.

Veo una vez más mi reloj – 5:25 pm. Ya le puse más tiempo a la secadora.

No puedo seguir escribiendo.

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